8/12/2010

Os contaré mi historia. Tengo 30 años, y hace un año me casé con mi novia de siempre. Me ha gustado de siempre el porno, y por Internet he visto gran cantidad de vídeos. Hace ya tiempo que me di cuenta de que las grandes pollas que aparecían en esos vídeos me excitaban. Yo no le quise dar más importancia, pensando que se trataba de una reacción lógica al ver follar a estos tíos con unas chicas impresionantes, pero a veces me fijaba que, cuando salían ellos solos, mi propia tranca se me ponía más dura.

Estuve dándole vueltas a ese tema: yo no había tenido, que recordara, ningún interés por otros hombres, pero aquella excitación que notaba ante las grandes pollas de los pornos me hizo pensar en que sería bueno hacer una prueba con otro tipo de pornos, en este caso gays. Me busqué una página por un buscador, y allí me encontré con que las imágenes de tíos chupando pollas o follando con otros tíos me excitaban sobremanera. Entonces pensé que tal vez yo era bisexual, y que me gustaban igualmente hombres y mujeres; pero no estaba seguro, una cosa es excitarte ante una película y otra sentir placer con un contacto físico con otro hombre.

Entonces busqué una página de contactos y, tras varios intentos, quedé con un chico como de mi edad. La verdad, no sabía muy bien qué iba a hacer con él, porque no tenía nada claro que es lo que me gustaba en sexo con hombres. Le dije que era inexperto y que él debería llevar la iniciativa.

Llegó el día; el hombre había alquilado un apartamento en un lugar discreto de mi ciudad; cuando lo vi, me pareció que, sin ser nada del otro jueves, tenía cierta belleza masculina bastante agradable. Ni que decir tiene que yo estaba bastante nervioso.

Cuando ya entramos en el apartamento, el chico me llevó hasta el dormitorio, donde había una amplia cama que (a buen seguro) habría visto otros muchos polvos como el que esperaba tener allí.

El chico se acercó a mí con una sonrisa, y me dio un beso. Pensé que la primera impresión iba a ser de rechazo por mi parte, pero la verdad, me gustó. El chico insistió, buscando abrirme los labios con los suyos, y pronto noté su lengua dentro de mi boca.

Empecé a sentir como mi propia tranca se ponía dura como una roca, y sólo me había besado…

Mientras me besaba, el chico empezó a desnudarme. Yo hice lo mismo con él, torpemente. Cuando él llegó a mi pantalón, desabrochó el cinturón, abrió la bragueta y me bajó los pantalones hasta mitad de la pierna. Entonces, con mi polla marcada bajo el boxer, empezó a chuparme el bulto; yo estaba superexcitado, me estaba dejando llevar porque nunca había sentido nada igual en sexo con mujeres.

El chico empezó entonces a bajarme los boxers con la única ayuda de los dientes, lo que me pareció muy morboso; así, el glande fue lo primero que apareció por la parte superior, y el hombre lo atrapó en su boca golosa. Estaba claro que no era la primera polla que chupaba, porque demostró su maestría desde el primer momento: cómo chupaba el glande, cómo le daba lengüetazos provocándome calambrazos, cómo deslizaba la lengua por el mástil, cómo se detenía chupándome los huevos…

Entonces se subió y me puso las manos en los hombros. Yo sabía lo que venía ahora: me bajó con sus manos hasta situarme a la altura de su bragueta. Con la excitación del momento y mi falta de experiencia, me costó algún trabajo abrirle el cinturón y la bragueta, pero cuando lo conseguí, me encontré con que el bulto bajo el boxer era considerable; se marcaba una polla bien grande y larga, y por un momento tuve miedo de aquello. Sobre todo, me di cuenta de que si me follaba con aquel instrumento, me iba a partir en dos, así que me hice el firme propósito de no dejarme follar.

Intenté imitarle, y empecé a chupar el bulto por encima de la tela del boxer. Ese primer contacto, aun con la tela de por medio, me pareció muy excitante, y mi propia polla estaba cada vez más dura. Pero no podía esperar más y le bajé los boxers: saltó entonces, ante mi cara, un nabo enorme, grande y ancho. No debía tener menos de 22 cm. de longitud, con un glande gordo y rosáceo, de cuya punta salía un hilillo de precum.

No pude aguantar más la visión de aquella maravilla y, sin saber muy bien cómo hacerlo, me metí el glande en la boca. Aquello fue como una revelación. Supe entonces que quería saborear muchos como aquel nabo. Ese sabor a precum, a carne macha, esa herramienta dura y blanda a la vez, caliente como si estuviera en un horno, me volvió loco, y, sin saber, empecé a chupar como un desesperado.

El chico me dijo que se veía que era novato, pero que aprendía rápidamente.

Seguí chupándole la polla con frenesí, no quería sacármela de la boca. Pero pensé que debía probar también el sabor de los huevos, y abandoné unos instantes la verga de mi amante para chupar sus cojones, que eran grandes y sabrosos. Volví a mi amada polla y me vino a la cabeza si sería capaz de metérmela entera en la boca, como había visto en las películas porno. Dicho y hecho, empecé a meterme el nabo cada vez más adentro, hasta que la punta tocó en la campanilla. Pero yo estaba convencido de que podía hacerlo, e intuitivamente ahuequé la garganta, como había visto hacer a las tías (y a los tíos, en las pelis gays), e intenté meterme de nuevo el rabo; me costó un par de intentos, pero al tercero, el glande pasó limpiamente a través de la campanilla y cuando me dí cuenta tenía la nariz hundida en el vello púbico de mi amante, y mi labio inferior chocando con los huevos. Sentía como si tuviera un elefante metido en la boca, algo enorme que se asomaba a mi estómago, y entonces me sentí dichoso. El olor del vello púbico era embriagador, pero tenía que salirme para seguir experimentando cosas nuevas.

Seguí chupando aquel glande delicioso, enorme y cada vez más rezumante de líquido preseminal.

Mi amante, mientras tanto, me había llevado hasta la cama y nos habíamos desembarazado del resto de ropas que nos quedaban. Estábamos los dos sobre la cama, yo chupándole la polla como un desesperado, y él empezó a tocarme el culo y buscarme el agujero. Yo me dejé hacer, porque aquel dedo que me hurgaba en aquella zona tan recóndita me estaba proporcionando un placer enorme, aunque me mantenía en mi intención de no dejarme follar por aquella gigantesca polla, para que no me rompiera el culo.

El chico me metió un segundo dedo, humedecido por su propia saliva, y el gusto era cada vez mayor. Un tercer dedo entró en mi culo, y el placer era tremendo, una polla gigante en la boca y tres dedos humedecidos abriéndome el esfínter.

Entonces el chico me dijo, vamos a hacer un 69; como siempre, tomó la iniciativa y se colocó debajo de mí. Yo seguí chupando la polla, y él se enganchó a la mía, sin sacar los tres dedos de mi culo. No tardó en dejar mi polla y acercar su lengua a mi agujero del culo. Cuando sentí el primer lengüetazo, creí morir de placer; aquel tío sabía como dar placer, y su lengua penetraba en mi agujero más íntimo haciéndome retorcer de gusto. Estaba yo con su polla gigante en la boca y sintiendo su lengua en mi culo, cuando el chico me dijo, me gustaría follarte.

Entonces, con gran dolor de mi corazón por tener que dejar de chupar la polla, me la saqué para decirle, no, tienes una polla enorme, yo soy virgen, me destrozarías.

El chico entonces me dijo, bueno, déjame por lo menos refregarte el glande por tu agujero, ya verás como te va a gustar.

Me pareció buena idea, y le dije que sí. Entonces el chico me colocó de espaldas y me abrió de piernas. Me las subió bastante (es para que sientas mejor el refregamiento de mi polla, me dijo), y empezó a refregarme el glande por mi culito, que a esas alturas estaba bastante dilatado y húmedo. El placer era tremendo, sentía aquella cosa caliente en mi zona más erógena, y tenía unas ganas enormes de que entrara más, pero no quería que me destrozara. Apenas acerté a balbucear, la puntita, solo la puntita, y el chico me hizo caso y empezó a meterme el glande en mi agujero. Fue como una oleada de placer que me subiera de mi culo hacia el resto de mi cuerpo. Apenas tenía metida un poco del glande, pero era algo considerable. Tenía la cara desencajada (me lo dijo el chico cuando terminamos), preso totalmente de una excitación absoluta, y, como suele ocurrir en estos casos, la polla tomó el mando en lugar de la mente, y sin yo pretenderlo, salió de mi boca, métemela entera, aunque me revientes…

El chico debía estar esperando mi pedido, porque inmediatamente dio un golpe de pelvis y la mitad de su tranca se me alojó en el culo. El dolor fue inmenso, y no sé cómo pude contener el grito, que se me heló en la boca. El chico retrocedió un poco, para meterme otro viaje y encalomarme la polla entera en mi pequeño culo, que jamás habría pensado que cabía algo tan enorme en su interior. Entonces el tío empezó a follarme, metiéndome la polla cada vez más adentro.

Y, ¿sabéis una cosa? El dolor empezó a remitir y fue sustituido cada vez más por un placer sordo, un placer que crecía y que procedía de mi agujero anal, abierto hasta lo inverosímil por aquel prodigio de la naturaleza, que cada vez se adentraba más en mis entrañas.

El chico empezó a jadear con fuerza, y supe lo que venía. Me folló aún con más intensidad, y sentí algo caliente en mi interior. Se estaba corriendo como un desesperado, pero entonces hizo algo que no me esperaba: se salió de mi culo y, rápidamente, se colocó a horcajadas sobre mi cara, poniéndome el nabo encima, mientras aún escupía leche. No sé por qué lo hice, la verdad, pero reaccioné así, quizá por la excitación que me embargaba: abrí la boca y atrapé el glande. Entonces noté como en mi lengua se iba depositando el semen de mi amante, un líquido viscoso, de sabor extraño, pero que me enloqueció; seguí chupando y chupando, hasta que pareció evidente que ya no quedaba ninguna leche en aquella maravilla. Fue una descarga muy abundante, porque después de soltar parte en mi culo, aún le quedó para rebosarme la boca.

El chico entonces se inclinó entre las cachas de mi culo y empezó a chupármelo. Poco después me dio un beso en la boca, y noté en su lengua el semen que me había inoculado en el culo, y aquello me pareció el colmo del morbo. Tras mantenernos besándonos un rato, intercambiando la leche en nuestras bocas, el chico se fue hacia mi nabo y se lo metió en la boca. No hizo falta mucho para que me corriera; se lo dije, entre espasmos, pero el chico mantuvo sus labios cerrados sobre mi verga, y se tragó toda mi leche.

Un último beso de lengua hizo que se mezclara el semen de cada uno de nosotros.

Aquella fue mi primera experiencia, pero no la última. Desde entonces ha pasado un mes, aproximadamente, y la verdad, creo que he encontrado mi tendencia sexual: quiero chupar pollas, que me follen, beber semen, besar bocas de machos, oler su vello púbico, que me chupen el culo y chuparlo yo, saborear unos huevos… En fin, lo que se dice todo un macho (ja, ja, ja…).

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